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10 sept 2014

Violencia sexual como arma de guerra y empoderamiento feminista

 
“El triángulo de la violencia es un reflejo social de actitudes y suposiciones humanas, cognición y emociones, conducta humana violenta física o verbal, percepción humana de objetivos incompatibles, chocando. La violencia cultural es la suma total de todos los mitos, de gloria y trauma y demás, que sirven para justificar la violencia directa. La violencia estructural es la suma total de todos los choques incrustados en las estructuras sociales y mundiales, y cementados, solidificados, de tal forma que los resultados injustos, desiguales, son casi inmutables. La violencia directa surge de esto, de algunos elementos o del conjunto del síndrome.” Johan Galtung. 

Basándonos en esta definición de Galtung, podemos decir que la guerra y todos los crímenes que van asociados a ella surgen de unas estructuras culturales, sociales, políticas y económicas desiguales que se han ido instaurando y permanecen en la mente y en el comportamiento de los seres humanos a lo largo de la historia. Para crear un mundo equitativo, justo, democrático y en paz debemos empezar por deconstruir estas estructuras y erigir otras basadas en los principios que acabamos de mencionar.

En el caso que nos ocupa, la violencia sexual contra las mujeres como arma de guerra, las causas están relacionadas con la violencia simbólica, cultural y estructural ejercida sobre las mujeres y sobre las comunidades indígenas a lo largo de la historia.

La violencia sexual es una de las formas más graves de violencia de género, y se fundamenta en las concepciones sociales sobre el cuerpo femenino y masculino, y sobre la sexualidad. Este imaginario social convierte a la mujer en subordinada, basándose en un sistema sexo-género que, atendiendo a las diferencias biológicas, naturaliza y admite que existen características intrínsecas a los hombres y a las mujeres que tienen que ver con la manera de ser, de sentir, de actuar y de relacionarse con las demás personas. De esta manera, el rol de autoridad y poder masculino ejercido a través de la violencia sexual es tolerado y alentado socialmente.
Como ocurre con otras formas de violencia y discriminación, la violencia sexual contra las mujeres se recrudece durante los conflictos armados y se utiliza como arma de guerra contra los insurgentes y sus familias.

La utilización de este tipo de violencia hacia las mujeres se da por diferentes razones: en algunos casos es una conquista del territorio (utilización del cuerpo de la mujer como parte del territorio masculino, que debe de ser “expropiado”), en otros casos un castigo a las mujeres guerrilleras puesto que ejercen un rol que no les corresponde, también se utiliza como método de tortura para sacar información a las mujeres sospechosas de tener algo que ver con la insurgencia, y en muchos casos con la intención de destruir a una o varias comunidades indígenas.

Si ponemos como ejemplo el conflicto armado interno de Guatemala (1960-1996), las más afectadas son las mujeres indígenas: el 88,7% de las víctimas de violación son mayas, el 10,3% ladinas y el 1% restante pertenece a otros grupos. Lo cual evidencia el carácter genocida de esta guerra. La violación, tortura, humillación y asesinato de mujeres se vio como algo inherente a la guerra, lo cual quedaba reservado a la esfera privada. Esto tuvo consecuencias gravísimas para las propias mujeres y para la comunidad en general, ya que para ellas representaba un tema tabú del cual se avergonzaban y era la propia comunidad la que en muchas ocasiones las discriminaba. Esto ocurría y ocurre por la cultura machista que predomina sobre todo en zonas rurales, donde la virginidad de la mujer es muy valorada, por ello las mujeres que sufrieron estos abusos eran rechazadas por los hombres y tachadas de prostitutas. Por esta razón, los soldados utilizaban la violación como conquista del poder sobre los guerrilleros, para debilitarles y desmoralizarles, ya que amenaza su virilidad y su vulnerabilidad. Se conquista a la mujer como al territorio, por las mismas razones de invasión del enemigo. Era la manera, también, de someter a un pueblo entero a través del cuerpo de sus mujeres; de forma que se destruía el tejido social, comunitario y cultural de los pueblos indígenas.

En este contexto, la lucha de las mujeres que han sufrido este tipo de violencia por la igualdad entre hombres y mujeres pasa, no sólo por la denuncia y el castigo de estos crímenes, si no por la visibilización y la desestigmatización de las mujeres afectadas (lo que incluye el conocimiento y el reconocimiento de sus derechos sexuales y reproductivos como vía para ser dueñas de su propio cuerpo y de su propia vida), y sobre todo la re-negociación de un nuevo pacto social que incluya unos nuevos cimientos para las relaciones de género. Es decir: desnaturalizar la violencia sexual contra las mujeres y convertirla en una violación de los derechos humanos fundamentales, que las mujeres tomen conciencia de sus cuerpos y de su sexualidad como algo propio, y transformar el sistema de poder patriarcal imperante en uno o varios modelos culturales, sociales, políticos y económicos más equitativos, justos y democráticos.

La condición física y psicosocial de las mujeres es determinante y básica para el ejercicio de sus derechos; por tanto, los movimientos de mujeres y feministas proponen generar espacios de reflexión y regeneración de conciencia para recuperar el cuerpo de las mujeres, y no continuar reproduciendo los roles que han venido asumiendo hasta ahora. Todo ello sin dejar de lado la diversidad cultural, que hemos visto de vital importancia en casos como el de Guatemala. Se incide contra el racismo de la misma manera que se lucha contra el sexismo, para reducir las brechas de las desigualdades existentes. Sin dejar tampoco de lado la participación de las y los jóvenes en estos procesos de transformación.

Es muy importante, entonces, el reclamo de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres; como medio para la erradicación de la violencia ejercida contra nosotras[2], pero también como un paso importante para recuperar nuestros cuerpos y, de esta forma, poder ser dueñas de nuestras propias vidas e identidades, como personas de pleno derecho y ciudadanas, como actoras de cambio.

En este contexto, resultan de gran relevancia las conferencias o foros nacionales e internacionales de mujeres en lucha. Estos eventos constituyen una forma de presión social y política, y se enmarcan, además, en ambientes de solidaridad y de apoyo, creando redes de mujeres y feministas a lo largo de todo el mundo.

“Cuando las mujeres se apropian de sus memorias para interpretarlas, organizarlas y divulgarlas, ocurre un salto cualitativo que se materializa en la historia propia, donde somos nosotras quienes hablamos desde nuestros cuerpos, con nuestras voces y nuestros símbolos, para decidir un presente que ya se hace futuro.” Ana Cofiño (La Cuerda, Guatemala: http://lacuerdaguatemala.org/es/)

BIBLIOGRAFÍA

AA. VV. Violencias contra las mujeres en el mundo: diversidad de miradas y estrategias para afrontarlas. Entrepueblos, 2008.

Revista La Cuerda, miradas feministas de la realidad. Nº 145: Memoria, construcción social del recuerdo. Guatemala, junio 2011.

D'ANGELO, Almachiara. Explorando nuestros cambios: Indicadores para evaluar procesos educativos de género. Estudio realizado en el marco del proyecto Mujer, Salud y Violencia (Financiado: UE, FNUAP; Ejecutado: C.V.G, Entrepueblos y Terra Nuova), 1999.

GALTUNG, Johan. Tras la violencia, 3R: reconstrucción, reconciliación, resolución. Afrontando los efectos visibles e invisibles de la guerra y la violencia. Red Gernika, 6. Bilbao, Bakeaz/Gernika Gogoratuz, 1998. FULCHIRON, Amadine. La denuncia de la violencia sexual cometida durante la guerra en Guatemala: ¿un camino hacia la negociación de un nuevo contrato sexual? Artículo elaborado para el congreso de LASA 2006.

Artículo publicado en el blog 12 causas feministas, como parte de mi voluntariado digital

Ecofeminismo de los pueblos indígenas


Hay una corriente feminista que surge de los movimientos indígenas del sur global, que bebe de las vivencias y experiencias de estos pueblos. No se puede afirmar que hay un solo Ecofeminismo de los Pueblos Indígenas, pues existen tantos como comunidades originarias. Su principal punto en común es una fuerte crítica al desarrollismo, desde sus respectivas cosmovisiones. Con el fin de ilustrar esta corriente, vamos a analizar dos ejemplos: el Feminismo Comunitario y el Movimiento Chipko.

El Feminismo Comunitario

Está tomando fuerza en Mesoamérica y en la región andina latinoamericana, y surge de la experiencia vital de las mujeres indígenas, a partir de la toma de conciencia de la opresión y expropiación de sus cuerpos por parte de los diferentes patriarcados: el patriarcado ancestral y el patriarcado occidental que llegó a través de la colonización, ambos se retroalimentan y se refuerzan.

Para los pueblos indígenas, el territorio constituye el referente de identidad colectiva, es decir, el espacio de pertenencia a un grupo y a una cultura[1], marcado por la afectividad histórica con el medio, que ha ido configurando las relaciones sociales de la comunidad y su organización política. Mantener el territorio significa mantener su sociedad y su cultura, así como sus medios de supervivencia. De esta manera, la territorialidad[2] es el fundamento de sus reivindicaciones étnicas y políticas. En estas últimas décadas, la defensa del territorio se ha convertido, además, en una lucha por la supervivencia debido a la entrada de un modelo de producción y consumo que destruye el hábitat y deja a las comunidades sin los recursos básicos necesarios.

En paralelo a la lucha por el territorio ha surgido una lucha de las mujeres por formar parte de la comunidad de una manera integral, reivindicando su participación en las relaciones de poder de una manera igualitaria. Además, ha sido frecuente durante los conflictos armados internos la utilización de la violencia contra las mujeres como arma de guerra, por dos razones principales: como una forma de conquista del territorio y para desestructurar las relaciones internas de las comunidades indígenas. Por eso, la reapropiación de los cuerpos de las mujeres como territorios de resistencia ha tenido un lugar principal en la lucha de estas mujeres por la igualdad de derechos dentro y fuera de su comunidad.

En resumen, el feminismo comunitario se comprende en un contexto en el que la defensa del territorio[3] está siendo prioritaria, integrando en la misma la lucha contra la violencia hacia las mujeres de los diferentes patriarcados. De esta manera, es necesario que el cuerpo se convierta en un territorio (territorio-cuerpo: defensa de los derechos sexuales y reproductivos, deconstrucción de los roles de género y las relaciones de poder) de resistencia frente a la expropiación y violencia históricas, así como la tierra debe de ser defendida porque es el territorio (territorio-tierra: defensa del territorio, de la naturaleza) en el que conviven los cuerpos[4].

El movimiento Chiptko

Vandana Shiva es una de las personas referentes de este movimiento. Movimiento que fue en un principio de carácter ecologista, aunque con una destacada participación de las mujeres. Se constituyó, en sus orígenes, sobre el principio de la no-violencia activa, en defensa de los recursos forestales y la conservación de la naturaleza para frenar su degradación, y ha ido incorporando una visión más amplia sobre los problemas ambientales.

Especial relevancia ha adquirido la lucha contra las biopatentes, al considerar que son la invasión de las formas de vida por parte del capitalismo patriarcal, que hace desaparecer la reproducción y la reemplaza por la producción, para que pueda seguir existiendo un crecimiento del capital[5].

Para el capitalismo patriarcal, cuestiones como la maternidad, los cuidados o la agricultura de supervivencia, son definidas como no productivas, porque no se compran ni se venden, no se genera capital y no existe el crecimiento económico. Forman parte de ciclo de la reproducción, y se han ido incorporando en el sistema capitalista de manera gradual como producción a través de productos como las biopatentes, los fertilizantes, e incluso la propia destrucción de la naturaleza. En definitiva, para el capitalismo patriarcal, la reproducción en sí misma, de la vida, no es considerada como un bien si no se puede incorporar al mercado. El movimiento Chipko sirve de referencia para mostrar como los movimientos por la reclamación de los derechos de las mujeres surgen de las luchas contra la violación de derechos, aunque éstos en un principio no sean “de género”. De esta manera se demuestra que los movimientos para la reivindicación de derechos a nivel público pueden traducirse en una vindicación de los derechos a nivel personal[6]. 


2. Sentido de pertenencia de los habitantes en referencia al lugar en el que viven, que implica las relaciones sociales y las relaciones de esta sociedad con el medio.

3. Entendemos territorio como un sistema socioecológico de la sociedad y el medio en el que ésta habita. Así mismo, y para diferenciarlo, hablaremos de tierra para referirnos a la definición espacial, paisajística y ecológica de territorio. Es decir, tierra sería un área física en la que existe un medio natural que interactúa con las sociedades que la habitan.

4. http://porunavidavivible.files.wordpress.com/2012/09/feminismos-comunitario-lorena-cabnal.pdf

5. Shiva, Vandana; Flores, Judith; Martínez, Esperanza (2012). Ecofeminismo desde los derechos de la naturaleza. Quito: Instituto de Estudios Ecologistas del Tercer Mundo.

6. DAGSPUTA, J. (2010). “Las luchas de las mujeres supervivientes de Bhopal por la justicia medioambiental”; en Género, movimientos populares urbanos y 38 medioambiente, pp. 159-169. Madrid: IEPALA 

Artículo publicado en el blog 12 causas feministas, como parte de mi voluntariado digital